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La posverdad en la prensa

Luis Humberto Carrijo

Periodista graduado en Cásper Líbero con posgrado en Comunicación Empresarial en la USP. Instructor de cursos de comunicación organizacional, orador y articulista. Con pasajes en los grupos Folha y Estado, revista Exame y TV Cultura, actúa como comunicador desde hace 25 años. Fundó la agencia de comunicación Rapport hace 14 años.

Sin que la mayoría desconfiara, la posverdad, adjetivo creado por los diccionarios Oxford para conceptualizar las circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menos importancia que las creencias personales, sorprendió al mundo en 2016 por los efectos de grandes proporciones que ha demostrado ser capaz de producir, empezando por la elección del desacreditado Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. La responsabilidad recayó un poco sobre Mark Zuckerberg, creador de un ambiente digital, donde prosperó la banalización de noticias falsas, el hilo conductor que dio dimensión real a rumores y mentiras. Considerando que la posverdad es catalizada por contenidos irreales, por lo menos incompletos o tendenciosos, podemos cuestionar si, así como las redes sociales, la prensa ha hecho o no lo mismo por mucho más tiempo.

Si el filósofo Jürgen Habermas no se equivocó, hemos estado expuestos a la postverdad, espantosamente obvia, sin que nos diéramos cuenta. En otras palabras, explicó que “los medios de comunicación modifican la percepción y los sentidos de las personas, en la medida en que otro elemento tiende a ser destacado en perjuicio de otro”. Así, los medios tradicionales han sido adeptos a la adulación de la verdad como las noticias falsas en Facebook, sólo que de una manera mucho más velada.

Los ejemplos no faltan. Quien acompañó de cerca la campaña presidencial en Estados Unidos, sabe de las mentiras que se propagaron. Una de las más propagadas fue la de que el Papa Francisco habría declarado apoyo a Donald Trump, luego de que él clasificara a Trump como un no cristiano, debido a sus opiniones sobre los inmigrantes. En un mundo donde las personas leen poco y son fácilmente convencidas con argumentos reduccionistas,  las redes sociales se han convertido en un ambiente provechoso y lucrativo para la industria de la mentira, producida a gran escala por adolescentes, sea en Macedonia o en el interior de los Estados Unidos. Y Facebook es el principal santuario. Desprovisto de mecanismos de comprobación de hechos, interesado solamente en atraer anunciantes, la plataforma de Zuckerberg prioriza posts de contenidos con más reacciones, sean verdaderos o no.

Beneficiado por ese fenómeno, Donald Trump ganó las elecciones estadounidenses y no decepcionó. Se presentó al mundo como producto genuino de esa máquina de moler hechos; ha demonizado a la prensa y relativizó de manera cretina la verdad. Los asechas siguen los pasos. Contrariando las evidencias, el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, negó el que había menos gente seguidora de Trump que de Obama, cuatro años antes. La consejera del presidente, Kellyanne Conway, ha intentado defenderlo al decir que había escogido “hechos alternativos” para sostener su afirmación.

La defensa de hechos alternativos esconde, sin embargo, una sutileza filosófica. Trump y su equipo, al cuestionar la noción de la verdad, reaviva, con probable involuntarismo, la visión de Protágoras, según quien cualquier afirmación está vinculada a un punto de vista, a una sociedad o al modo de pensar. Para el filósofo griego, “como tal cosa se presenta a mí, así que ella es para mí, como tal cosa se presenta para usted, así que ella es para usted”.

De la misma manera, la gran prensa, en esa refriega por la credibilidad y autointitulada como difusora de los hechos objetivos, es productora de medias verdades o de verdades provisionales, pero de consecuencias permanentes. El error del New York Times, en afirmar que había armas de destrucción masiva en manos del dictador iraquí Saddam Hussein, es ejemplo irrefutable. Nada Bakos, que trabajó en la CIA de 2000 a 2010, en una entrevista con el sitio de noticias The Intercept, confirmó que el servicio de inteligencia de Estados Unidos utilizó información falsa, informes no revisados, escogió a dedo los que provenían de fuentes que no consideraban confiables. La prensa respaldó la tesis, justificando la decisión del gobierno de George W. Bush de invadir de manera criminal a Irak, con la pérdida de miles de vidas, sufrimiento y destrucción.

El periodista inglés Peter Oborne se despidió del The Telegraph por considerar que el periódico engaño a sus lectores al no divulgar debidamente el escándalo del HSBC en Suiza, preservando el banco como otras empresas involucradas de sus responsabilidades. Lo mismo ocurrió en la prensa brasileña, que es también una adepta de la posverdad, a medida que aplica con frecuencia el encuadre en la cobertura noticiosa. La narrativa sufre interpretaciones en su origen. El tratamiento distinto de los eventos está destinado a interferir en los cambios sociales y políticos. Es lo que vemos con la cobertura mediática de la reforma de la Previsión. Se percibe un esfuerzo de los medios en fundamentar las medidas del gobierno con argumentos, gráficos, artículos y opiniones selectivas de “expertos”, así como amenazas de fin de mundo. Pero, si se analiza con lupa, no hubo un análisis contextualizado del tema. Sin contextualizar, la información se fragmenta a merced de la teoría de los hechos alternativos creada por Trump.

A la hora verdad, para influir en corazones y mentes, ambos lados se aprovechan de la necesidad ontológica que los individuos tienen por buscar coherencia para sus opiniones y en buscar consuelo psicológico introduciéndoles su visión de mundo con contenido tendencioso. En ese escenario, quedan pocos para el papel de ingenuo. Sin el monopolio de la difusión del contenido a gran escala, lo que interesa a los medios no es compartir la prerrogativa de informar, sino la capacidad de inducir a la opinión pública. La batalla es feroz, porque no está en juego sólo el poder de influenciar a las personas, sino el mercado. Los sitios de noticias sensacionalistas  se disputan parte considerable de los anuncios publicitarios.

En esa pelea por la confianza de la opinión pública y de los anunciantes, la prensa, ciega en intervenir en los planes nacionales con proselitismo y poca objetividad relativa a la información, cava el abismo con los propios pies, parafraseando a Cartola, músico brasileño. La verdad es que el periodismo vive una crisis de credibilidad que se traduce en el cierre de medios. En 2016, 13 vehículos de comunicación se arruinaron o dejaron de circular en papel, con la dimisión de 500 profesionales, de acuerdo con la empresa Comunique-se.

Al abandonar su función de informar con exención y equilibrio, los medios de prensa crean un vacío que, por acomodación, está siendo ocupado por nativos digitales que llegan con el discurso de producir periodismo profesional conforme a las reglas del juego de la actividad, o sea, cubrir, escribir y divulgar hechos como ellos son con análisis, sin compromiso ideológico o de mercado. Los líderes de opinión y los tomadores de decisión no necesitan vehículos que notifiquen lo que quieren oír. Necesitan informaciones precisas y confiables, sin pasión o tendencia.

La muerte del periodismo no interesa a aquellos que defienden la democracia. Los comunicadores, sobre todo, dependen de este segmento para transmitir los mensajes y valores de sus portavoces. La Unafisco – Asociación de los Auditores Fiscales de la Receita Federal – cliente de la agencia de comunicación Rapport, ha experimentado ese daño colateral. A la espera frustrada de alertar sobre los problemas de parcelamiento tributario, la reportera especial de un gran periódico de São Paulo dijo que el periódico no publicaría la materia, porque el periódico estaba con pocos anuncios y por eso con menos espacios editoriales. Es decir, la prensa tradicional necesita reinventarse para volver a atraer a los anunciantes y no sólo con formatos interesantes, como hizo “El Estado de San Pablo”, que innovó con la divulgación de contenido en realidad virtual. Hay que ir más allá. Es necesario retroceder un poco y volver a las raíces, noticiando hechos objetivos en su contexto para la reflexión de la sociedad.

Más que nunca, el comunicador debe contribuir a calificar el contenido noticioso, ofreciendo informaciones verdaderas y de calidad. No es productivo a largo plazo generar contenido irrelevante, porque al hacerlo sin criterio responsable, debilitamos a la prensa. Eso es malo para la sociedad, que deja de ser bien informada; para la democracia, que pierde un medio vigilante; para los comunicadores, que pierden espacios para sus clientes, y para los periodistas, que pierden sus empleos. Como ya advertía otro filósofo griego, Esquilo, “en la guerra, la verdad es la primera víctima”. Y con ella, todo resto va de arrastre.

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