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Humildad comunica verdad

13 diciembre 2017 |by Fundacom | Comentarios desactivados en Humildad comunica verdad | Conocimiento | , ,

“El oído es la segunda puerta de la verdad y la primera de la mentira”, escribió Baltasar Gracián en El arte de la prudencia, libro de sabiduría práctica, también para profesionales de comunicación. El autor recordaba en el siglo XVII algo vigente en el XXI: que vivimos más de lo que nos cuentan que de lo que vemos.

La cantidad, rapidez, contradicción y heterogeneidad de información que recibimos hoy reclama habilidades familiarizadas con el verbo discernir. Así podemos distinguir conceptos tan próximos como diferentes: realidad y percepción, ser y parecer, datos y conocimiento, brújula y cronómetro, etc.

En este contexto, una virtud poco vinculada a la comunicación es la humildad. Por ser entrañablemente humana, sospecho que integrarla en nuestro ecosistema profesional solo puede ocasionar ventajas. Más aún si admitimos la premisa de que solo la verdad comunica. Jim Collins, autor de Empresas que sobresalen, ilustra cómo la humildad era una de las características del perfil personal de una serie de directivos exitosos en el medio-largo plazo.

Verdades parciales y sin proporción siembran mentiras

Del latín humus (tierra fértil), humildad viene a ser como el hábito de tener los pies en la tierra y, por tanto, en contacto directo con la realidad. Esta conexión manifiesta una secular enseñanza también latina: quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur, que puede traducirse como que quien recibe lo hace según el recipiente. Así como un líquido adopta la forma del envase (jeringa, lata, botella, cisterna) y recibe según su capacidad (un mililitro, 33 centilitros, un litro, tres litros), las personas sabemos o pensamos de acuerdo con nuestra experiencia, formación, sensibilidad y preferencia. Por tanto, una misma realidad afecta de forma desigual a quien es diferente… y todos lo somos.

Esto explica que los mismos datos admitan lecturas diversas, que personas con puestos equivalentes prioricen de manera distinta y que idénticas ignorancias provoquen resultados contrapuestos. Percatarse de ello implica, sin ir más lejos, que este mismo texto genera afectos y efectos variables, según lectores; incluso en un mismo lector, según el momento de su vida. El conocimiento disponible para casi todos, en libros y redes, no alimenta a quien no se acerca a él y, entre los que acceden, nutre en la medida de la propia actitud.

Cabe mencionar algunas consecuencias de practicar la humildad en el ámbito de la comunicación: escuchar para comprender, formarse para crecer, pensar para decidir, observar para converger, hablar para confirmar, callar para descontaminar, rectificar para humanizar y matizar para abrillantar la comunicación. A todas estas acciones añadiría el verbo proporcionar –en el sentido de dar proporción o dimensión adecuadas– y las envolvería con coherencia al actuar. A veces tengo la impresión de vivir en un mundo estupendo… y muy mejorable, si atenuamos algunas verdades que, por ser parciales y transmitirse con desproporción, alimentan mentiras letales. Al escuchar, al actuar y al hablar, seamos conscientes de que verdades parciales y sin proporción siembran mentiras.

Priorizar la realidad operativa (hechos), no la retórica (dichos)

Sin humildad se complica la capacidad de admitir ciertas verdades, sobre todo, cuando implica reconocer errores. Por eso la primera vez que visité Harvard me sorprendió y encantó la anécdota de la “estatua de las tres mentiras”. Esta universidad anuncia así en sus guías oficiales la escultura de su fundador que preside el campus. Alude a la leyenda inscrita en la base que sustenta la figura, donde se lee: “John Harvard, Founder, 1638”. Ni la figura corresponde a John Harvard, sino a un alumno que sirvió de modelo; ni el personaje fundó esa universidad, sino que fue su primer benefactor; ni la fecha coincide con el origen, 1636. Así que tres mentiras en cuatro palabras: paradójico promedio para una institución cuyo lema es, precisamente, Veritas (verdad).

Tal yerro, si se ocultara o negase, supondría una opción demoledora para la reputación corporativa. Públicamente expuesto, lejos de proyectar la debilidad que conlleva toda asunción de equivocaciones, se torna emblema simpático de autenticidad transparente. No en vano humor y humildad comparten el mismo origen etimológico.

La verdad corporativa se refiere a la realidad operativa (hechos), no a la retórica (dichos). La denominada cultura de empresa –lo que de verdad se cultiva y, antes o más temprano, germina– suele discrepar de la declaración institucional de la propia organización, con frecuencia carente de humildad para reconciliarse con su propia realidad. Mutatis mutandis, la verdad personal aparece cuando soy lo que digo, cuando la persona encarna su propio mensaje. De esa raíz parte el liderazgo entrañablemente humano, el que comunica verdad.

Servimos para comunicar si comunicamos, con humildad, para servir… de verdad.

 

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