Hablar viene después de escuchar, incluso en el diccionario

Siempre me ha causado cierta incomodidad que el discurso sea siempre el protagonista del diálogo. «¿Por qué no la escucha?» – Pensaba. Quizás me sentí así porque desde muy pequeña, como hija y hermana de psicólogos, aprendí, orgánicamente, a escuchar y ser escuchada con respeto. Escuchar con atención, escuchando realmente los dichos y los no-dichos del otro.

Desde muy pequeña, yo era a quien todos venían a contar un problema, pedir un consejo. En una charla con amigos, siempre escucho antes de hablar, escucho más de lo que hablo. En una reunión de negocios, suelo hablar en último lugar. Me gusta escuchar. El discurso de la otra persona me da curiosidad: la elección de las palabras, las emociones e intenciones que fluyen a través del discurso, la forma en que el discurso resuena en mí. Todo esto me mueve, me conmueve. Hablo mucho solo cuando siento que no hay escucha comprensiva, empática, verdadera. Quizás en un intento – ilusorio y agotador – de acercar al otro.

Entonces, todo esto – y un poco más – me impulsó a construir el taller de escucha este año en Aberje (Asociación Brasileña de Comunicación Empresarial). Ha sido diseñado en mi mente y corazón recientemente. Y nos lanzamos en medio de la pandemia, un momento en el que sentí que la escucha empática ganaba un lugar muy relevante en las relaciones cotidianas: desde la necesidad inmediata de escuchar sin juzgar, sin minimizar el sentimiento y el dolor del otro. En este contexto, necesitaba hacer mi simple contribución al mundo, ponerme al servicio de alguna manera.

Hablo de esta frase en el taller, porque expresa absolutamente todo lo que pienso y siento sobre el acto de escuchar: “Cuando escuchas al otro, le estás diciendo: tengo un lugar para ti en mí” – extracto de la publicación “El payaso y el psicoanalista” de Christian Dunker y Cláudio Thebas.

En los talleres, digo que la escucha empática presupone escuchar con presencia. Vacía la mente y escucha a nuestro interlocutor con todo nuestro ser y alma. Este es un tremendo desafío en este momento de distanciamiento físico, donde la escucha a menudo se hace a través de medios digitales.

Más desafiante que eso: vivimos en un mundo que escucha al otro para responder con rapidez, contestar. El tiempo de reflexión, de asimilación, de procesar el habla del otro me parece secundario en el diálogo. En la urgencia, a veces velada, de responder rápidamente, atropellamos el proceso. Y perdimos mucho con eso.

Me parece valiente y digno cuando, en un diálogo, alguien asume que no tiene una respuesta inmediata, o no sabe, o simplemente pide tiempo para pensar. Lo inmediato puede ser apresurado, puede salir torcido, mal diseñado. Y tiene consecuencias. ¿Recuerda eso de contar hasta 10 antes de responder? Es eso. Escuche bien, antes de hablar. Escuchar para comprender y no responder. Y mantenerse en silencio.

En los talleres hablo del anagrama en inglés que expresa la conexión entre el silencio y la escucha (SILENT – LISTEN). El silencio también tiene un lugar especial en la escucha. Como dicen nuestros expertos en escucha, Claudio y Christian, el silencio es el tiempo necesario para que las emociones tengan espacio para reverberar y encontrar la resonancia común entre quien habla y quien escucha.

El silencio es necesario. Y viene después de escuchar y de hablar en el diccionario.