Liderazgo de combate para tiempos inciertos

Julio de la Iglesia

TEDAX (Técnico Especialista en Desactivación de Artefactos Explosivos) y Conferenciante de Thinking Heads. Miembro del catálogo TOP 100 conferenciantes España producido por Thinking Heads

Julio de la Iglesia es el referente actual en superación del miedo, liderazgo valiente y motivación para el éxito. Da formación y empodera a equipos y es coach de los mejores directivos de este país. Es todo un experto en trabajar bajo presión, en retos que requieren compromiso, estrategia, trabajo en equipo y decisiones valientes. En su trabajo no hay lugar para los errores. La vida de Julio de la Iglesia es una historia de superación, resiliencia y éxitos. Ha sido tres veces número uno en oposiciones al estado. Y ha sabido trasladar todos sus aprendizajes para transformar las empresas con sus valores: el esfuerzo, el coraje, el conocimiento, la pasión, el sentido del deber, el espíritu de superación y el compromiso. Julio es un formador y ponente único, dinámico, divertido y con extraordinaria capacidad para transmitir gracias a su formación ecléctica y a una variada experiencia, que se aleja de discursos sin identidad, plagados de frases comunes y nos habla desde la honestidad. Julio ha sido speaker en dos charlas Tedx. Sus “explosivas” ponencias (con una sorprendente puesta en escena, cuenta atrás incluida) son un “detonante” para terminar con los autosabotajes, superar nuestros límites y alcanzar el éxito confiando en el equipo y en nuestras propias capacidades.

En estos tiempos inciertos, el liderazgo de combate se hace imprescindible para luchar contra la desesperanza, la fatalidad, el miedo y crear equipos de élite comprometidos con la victoria. ¿Se imagina en terreno enemigo luchando sin una estrategia, saltando de la trinchera sin un propósito, arrastrando los pies, sin la determinación férrea de luchar o morir? En el mundo de la empresa no es diferente. Solo sobreviven los que centran su empeño en ganar y hacen todo lo honestamente necesario para conseguirlo.

 

Se ha acabado el verano y hemos sobrevivido al virus, pero hemos desembarcado en una grave crisis planetaria de empleo, economía y liderazgo. Las nubes de la incertidumbre y el miedo están sobrevolando de nuevo sobre nuestro futuro para formar la tormenta perfecta. ¿Qué podemos hacer para que nuestra empresa o empleo no se hundan? No cabe duda de que lo único que depende de nosotros es la actitud y nuestra capacidad para afrontar este desafío. Lideres y equipos pertrechados con sus mejores armas serán los últimos responsables de sacar adelante nuestra economía. De nada valdrá quejarse, llorar, la tecnología, el teletrabajo, las ayudas o los convenios, si al final no desembarcamos con toda nuestra fuerza, determinación y coraje para alcanzar la victoria.

 

Las empresas que sepan tratar a sus equipos como comandos y  a sus empleados como soldados de élite, despertarán en ellos un orgullo de marca que les harán dar un servicio de excelencia que inevitablemente hará crecer la cuenta de resultados. No son tan diferentes los desafíos a los que se enfrenta un policía o un soldado, de los que asume un empresario, un comercial o cualquier autónomo del mundo. Al fin y al cabo, su vida, reputación y el pan de sus hijos está en juego. El comando se pondrá el casco, sus botas, se armará hasta los dientes y se dispondrá a librar su batalla. El civil cuando se ponga su traje, se anude sus zapatos y coja su ordenador debe de saber que deja de ser el padre o la madre y se convierte en el soldado, trabajador que sin excusas ni concesiones tiene que volver a casa vivo y con el deber cumplido. Su misión no es solo sobrevivir. Su misión con bien dijo Winston Churchill es la victoria.

 

El líder ejemplar debe poner a su equipo en el centro. Las personas queremos que se nos trate como seres humanos, no como instrumentos para el éxito. En la guerra, en la trinchera, en el asalto a un piso franco o delante de una bomba, no valen las medias tintas. O me cubres la espalda o me la das. Si estoy aquí en medio de esta debacle es porque soy tu hermano de armas, porque juré cumplir con mi deber y porque me importas. Solo da la orden y entraremos a muerte. Este es el espíritu de un equipo de élite. No encuentro mejor manera de ganar cualquier batalla. Muchas unidades de élite están plagadas de personas de carácter fuerte, decidido, con una fuerte personalidad que no se doblega ante la autoridad. Solo siguen al valiente, al que respetan y admiran por sus cualidades de mando o liderazgo. No son borregos y desafían a aquellos que apoyándose en el cargo se creen capacitados para influir sobre los hombres que saben de su valor, de su capacidad y son conscientes de que han elegido una profesión donde los fallos se pagan con la vida y eso merece un respeto.

 

Estos hombres no necesitan de disciplina, ni de motivación externa. La traen de serie. Esta autodisciplina es muy superior y no necesita de supervisión. No les mueve el dinero, ni el reconocimiento. Su motivación nace de la satisfacción del trabajo bien hecho, de superar sus límites, del cumplimiento del deber adquirido y de llegar donde la mayoría no irían ni por todo el dinero del mundo. Este orgullo de pertenencia les da un propósito a sus vidas y se sienten dignos de su responsabilidad.

 

Esta disciplina se pone a prueba cuando las circunstancias se tornan adversas, cuando la amenaza es tan grande que hasta el más valiente tiembla. Delante del miedo es donde la disciplina y el coraje se reafirman o se derrumban. El líder de combate lo es porque se ha ganado el respeto y la admiración de aquellos a los que sirve y dirige por su ejemplo de honradez, competencia y valentía. Su primer objetivo es conocer de corazón a todo su equipo en lo personal y en lo profesional, preocuparse por sus familias, detectar cuál es su motivación para el trabajo, cuáles son sus sueños dentro de la empresa y detectar sus talentos. Cuando este trabajo esté hecho, entonces podrá pensar en empezar a liderar dando ejemplo de todo aquello que espera de sus hombres.

 

El líder ejemplar no hace las cosas por obligación, su vocación es de servicio. La actividad puede ser difícil o desagradable, pero desde el momento que decide que lo va a hacer, su trabajo está al servicio de los demás, de su equipo o de los clientes. En el liderazgo de combate hay mucha grandeza y respeto por las personas que forman el equipo. Si cada uno de sus miembros trabaja por ese bien común, los lazos de amistad serán más fuertes y el agradecimiento creará un ambiente donde trabajar, se convertirá en una demostración de servicio, de yo puedo, yo valgo y aquí soy útil y necesario.

 

La camaradería que se respira en el combate, es un lazo que une a las personas cuando estas deben de dar más allá de lo que justamente les pagan. Sin este afecto es difícil ganarse el cariño y la admiración de los subordinados. Estos hombres obedecen ciegamente y dan lo mejor de sí mismos cuando a quien da la orden se le respeta no por su graduación, sino por saber que ellos le preocupan y que llegado el momento también pasaran a la acción a sangre y fuego cumpliendo el famoso juramento de ¡todos para uno y uno para todos!